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La violencia mafiosa en México se relacionaba hasta ahora con tierras de provincia como Tamaulipas, en el polvoriento noreste, o como Michoacán, un Estado del suroeste con zonas sometidas a los carteles y en las que los vecinos de los pueblos han decidido armarse de fusiles y defenderse por su cuenta. Todo eso no pasaba en la capital, México DF, que pese a los problemas de seguridad consustanciales a una megalópolis como esta parecía un feudo blindado a los desbarres extremos del crimen organizado. Hoy, esta idea está en duda. Un grupo de 11 vecinos del barrio popular de Tepito supuestamente fue raptado a plena luz el domingo pasado a la salida de un after-hours del corazón de la capital, a medio minuto andando del bello y afrancesado Paseo de la Reforma, y todavía no se sabe nada de ellos: el Gobierno de la ciudad no confirma ni desmiente que se haya producido dicho rapto colectivo, pierde testigos por el camino, filtra a la prensa pruebas que ni siquiera habían visto los familiares de las posibles víctimas y, seis días después de lo ocurrido, no tiene ni por asomo una hipótesis sólida del caso de los 11 de Tepito.